La responsabilidad es, sin lugar a dudas, una de las virtudes más nobles y necesarias para la construcción de una verdadera vida masónica. Quien ha decidido recorrer el sendero de la Iniciación comprende pronto que la Libertad sin responsabilidad es tan solo una ilusión peligrosa. La responsabilidad es, en esencia, el límite sagrado que hace posible la convivencia, el progreso y la verdadera Fraternidad.
En nuestros Talleres aprendemos que toda piedra, por imperfecta que sea, puede ser labrada. Del mismo modo, todo Masón sabe que su carácter debe ser pulido constantemente mediante la práctica consciente de la responsabilidad. Ser responsable es reconocer que cada palabra pronunciada, cada silencio guardado, cada acción emprendida, tiene peso y consecuencias que trascienden nuestra individualidad.
La responsabilidad masónica se manifiesta primero en el deber con uno mismo. Significa ser honesto, coherente y justo en la propia conciencia, porque nadie puede ser columna firme del Templo si no construye primero su Templo Interior. Significa no buscar excusas para la mediocridad ni delegar en otros lo que solo uno debe trabajar.
En segundo lugar, ser responsable es honrar el compromiso con nuestros Hermanos. Es sostener la cadena de unión con la certeza de que cada eslabón cuenta. La palabra empeñada debe cumplirse; la ayuda ofrecida, brindarse sin esperar recompensa. La discreción, la fidelidad y la solidaridad se vuelven actos concretos que fortalecen los lazos de la Orden.
Pero la responsabilidad masónica no se limita a los muros de la Logia. Se proyecta hacia la familia, la comunidad y la sociedad entera. El Masón responsable lleva la antorcha de la Luz a donde quiera que va. Sabe que su conducta debe ser ejemplo y faro, aún en los ámbitos más profanos. La ética que se predica en el Templo se vive en la calle, en el trabajo, en la familia. No hay doble moral para quien busca la Verdad.
Recordemos siempre que la Masonería es, por naturaleza, una escuela viva de responsabilidad. Cada grado, cada símbolo y cada rito nos recuerda que hemos nacido libres para servir, para edificar y para mejorar. Y ese servicio no es una obligación impuesta, sino una elección consciente que se renueva cada vez que nos revestimos del mandil, símbolo de trabajo, humildad y compromiso.
Así, comprendemos que nuestra responsabilidad es también mantener viva la llama de la Tradición, transmitir los principios de la Orden a las generaciones venideras y ser guardianes celosos de la moral y la rectitud en tiempos de confusión. Un Masón irresponsable no solo se traiciona a sí mismo, sino que debilita los cimientos de toda la Hermandad.
En este mundo convulso y acelerado, la responsabilidad se convierte en una forma de resistencia serena y poderosa. Quien la ejerce, se convierte en piedra angular de la Paz, la Tolerancia y la Fraternidad Universal.
Que cada uno de nosotros, Hermanos, pueda reafirmar hoy su compromiso con esta virtud, trabajando siempre por ser dignos portadores de la Luz y honrando con nuestros actos el sublime título de Hijos de la Viuda, constructores de Templos de Sabiduría y Justicia para toda la Humanidad.
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